Los que somos de interior crecemos con la línea del horizonte atravesándonos la mirada. Una línea clara, definida, hecha de cereal y de pinar, rota por cerros arrogantes y campanarios altivos.
Los que somos de interior no sabemos que, en las islas, la línea del horizonte no existe. El mar se abraza al cielo y le da la espalda a la tierra, para que los ojos curiosos no vean dónde se unen, ni cuándo se separan.
En las islas, la línea del horizonte es algo sacado de historias de navegantes. Como el rayo verde. Como la aurora boreal. O como el canto de las sirenas. Algo cuya realidad ha perdido importancia, pero cuya fuerza persiste, atrayendo hacia sí a incautos de pies secos que buscan sin remedio un horizonte que les cruce la mirada.
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