En uno de mis tantos viajes, en los que harta de nosequé, buscaba nosequecuánto, aterricé en el planeta Interpretación.
Por ver si encontraba formas de vida menos ajenas que las del planeta de donde venía, acabé por descubrir una especie sorprendente: el homo consecutivis.
Estos habitantes del planeta Interpretación son seres particulares. Poseen, cierto es, el don de la palabra, e incluso, muestran una elocuencia remarcable. El hecho extraordinario reside en que el contenido de su discurso nunca es propio. Por extraño que pueda parecer, lo que expresan de forma oral es el resultado de la reformulación de los discursos que han escuchado pronunciar a otros.
De natural observador a la par que jocundo, su rostro se torna en seria concentración cuando comienza a escuchar cualquier alocución, diserción o diatriba. Tras una pausa de cortesía hacia su interlocutor, al que, salvo en casos excepcionales, no interrumpe, el homo consecutivis se lanza al remedo de la prédica oída, y solo se distiende a su conclusión.
Esta curiosa característica no es producto de una adaptación evolutiva en sentido convencional, dado que su cerebro no siempre es capaz de retener el discurso al que es expuesto. Para compensar tal carencia, cada individuo de la especie porta consigo en todo momento el suplemento indispensable de un cuaderno y un bolígrafo. Con ellos garrapatea una suerte de ideogramas(1) inescrutables, que posteriormente ojea de forma fugaz, haciendo ver que ignora.
El fenómeno resulta, cierto es, curioso de observar. Sin embargo, puede también ser exasperante si se pretende una comunicación real. Todos mis intentos en este sentido han sido infructuosos.
Comencé el proyecto de integración pertreñándome de cantidades ingentes de cuadernos, repitiendo la práctica local. Siguió entonces la tentativa de descifrar sus símbolos escritos, que me ha conducido solamente a vislumbrar una forma de pensar basada en la idea como unidad de medida, totalmente desacostumbrada para mí. Mis intervenciones, además, son seguidas exclusivamente de repeticiones, realizadas por uno o más individuos, completas en contenido pero vacías de cualquier atisbo de aportación personal. A mi insistencia, los que parecen individuos dominantes de la especie responden con miradas mezcla de incomprensión y profunda conmiseración, que me hacen desistir de mis experimentos.
Las únicas expresiones espontáneas que he podido recoger, consisten en preguntas relativas a datos del discurso, en aquellos casos en que éste es largo y complicado, y, especialmente, cuando el sujeto estudiado es aún joven e inexperto.
Por todo ello, es en estos últimos en quienes he decidido centrar mi atención y mi tiempo de estudio, con el propósito firme de desentrañar su escritura, lo que me proporcionaría, a mi entender, la llave de todo su pensamiento.
(1) ideograma. (Del gr. ἰδέα, idea, y -grama).
1. m. Imagen convencional o símbolo que representa un ser o una idea, pero no palabras o frases fijas que los signifiquen.