Valladolid, crecida de espaldas al río que le da fama, tiene una cicatriz de la que nunca se ha sentido muy orgullosa. La vía del tren la atraviesa de parte a parte y le deja una cara poco amable, la de los barrios, que le llevan a insistir en maquillar su cara guapa, la del centro.
Para curar esa herida necesitó varios puntos de sutura, los túneles que a la vez unen y separan sus dos caras.
Vaya por delante que, aunque crecí en la cara oculta de la ciudad, mi vida se desarrolló entre el paréntesis del tunel de los Vadillos, que me unía a la facultad, y el del tunel de la Circular, que me acercaba al centro.
Pero me resulta imposible negar que este túnel deja una impronta particular. Más parece la cicatriz del cordón umbilical por el que circularan sus gentes en busca de ese nutriente espiritual que es el calor de los bares.
Para curar esa herida necesitó varios puntos de sutura, los túneles que a la vez unen y separan sus dos caras.
Vaya por delante que, aunque crecí en la cara oculta de la ciudad, mi vida se desarrolló entre el paréntesis del tunel de los Vadillos, que me unía a la facultad, y el del tunel de la Circular, que me acercaba al centro.
Pero me resulta imposible negar que este túnel deja una impronta particular. Más parece la cicatriz del cordón umbilical por el que circularan sus gentes en busca de ese nutriente espiritual que es el calor de los bares.
Pues eso, que nos vemos en los bares, a este y al otro lado de los túneles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario